Escribo poco

Pero no porque no me guste escribir, porque no tenga tiempo o porque no me resulte gratificante. Escribo poco porque he perdido la fe en escribir y al final solo escribo cuando algo me molesta. Durante estos últimos años, me he dedicado mucho a reflexionar. Pero mucho. Tanto que a veces me repite. Como cuando comes chorizo. Y a veces, cuando creo que me está a punto de estallar la cabeza de la cantidad de pensamientos que albergo, solo puedo hacer dos cosas: hacer ejercicio para despejar mi mente, o escribir.

No quiero decir con esto que ahora me vaya a poner a despotricar acerca de lo podrido que está todo a nivel contextual y demás. No quiero ni mucho menos aburrir a nadie con la misma historia, que si queréis escucharla solamente tenéis que encender la caja tonta o poner la radio. Por eso escribo sobre música casi siempre, porque me parece que es la única cosa que ha conseguido siempre transportarme a otros niveles, me ha hecho desconectar de la realidad funesta y dividir mi mente en un incansable remolino de sensaciones.

Sí. Esto último es muy cursi, pero forma parte de mi deformación profesional como escritora. Forma parte de ese vaivén verbal que sufrimos aquellos escritores frustrados que nos debatimos entre la oratoria tradicional y la poesía desgarradora. Nunca me han gustado los bucólicos pero aquí me hallo como la escritora que nunca he querido ser.

Hoy quisiera compartir con vosotros a una persona.

Cuando trabajaba de camarera en un conocido local de esta ciudad que me ha adoptado, muchas personas venían a tomar café. Algunas más especiales y otras menos, pero cada una con una historia interesante que contar. De ellas, de todas, he podido aprender algo. Bien sea sobre lo que hacer o sobre lo que no hacer, pero en definitiva, ambos son aprendizajes muy importantes. Pues bien, entre las personas que frecuentaban aquel lugar lleno de magia estaban un par de jovencitos que una tarde, se acercaron timidamente a la barra y me preguntaron que si tendrían la opción de hacer conciertos en el local, dado que había un piano.

Amablemente les respondí que eso no dependía de mi. Pero en un alarde de originalidad, les pregunté qué estilo tocaban. El resto de la conversación no vale una mierda, entre otras cosas porque me la inventaría, dado que al cien por cien no la recuerdo. No obstante, sus caras y sus nombres se quedaron en ese huequito del cerebro en el que se guardan los recuerdos y luego, no sabes cuándo saldrán de nuevo.

Sea como fuere, uno de ellos me había cautivado. No en términos románticos, sino en términos desconcertantes. Tenía una arrogancia magnética y un cierto aire melancólico en su mirada. Era bien parecido y esbelto, pero había algo en su personalidad, o una elegancia en su manera de expresarse que superaban cualquier belleza concreta perceptible al ojo humano.

Era un joven con ideas perpendiculares. Así se me antoja llamarle a aquellos que no tienen ideas paralelas. Por joder un poco la marrana. Pues bien. Este joven cuyas conversaciones muy esporádicas y cortas me sorprendían casi siempre, no solo era un filósofo sino que era un artista.

Este muchacho ha emprendido un camino. Se ha vuelto loco por el balanceo de un serrucho y ha llevado el sonido de esta herramienta allá por donde fuere. El sonido es melancólico como su mirada y la forma elegante como su porte. Ha encontrado un instrumento que le habrá costado lo suyo aprender, o no. El caso es que le echó un par de cojones y se lanzó a la aventura de tocar en la calle, bajo mi punto de vista, para ilustrar  a las masas acerca de la omnipresencia de la música. Hizo un viaje, no se sabe si corto o largo pero estoy segura que le ha ayudado a reflexionar. Podéis conocer su historia en http://www.vueltaaitaca.com. Espero que lo disfrutéis como yo lo hago y que os ayude a evadiros de la tiranía de la cotidianeidad.

Buenas noches y buena suerte.

 

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