Destino: infinito

“Lo infinito es un concepto extremadamente difícil de explicar ya que no tenemos en nuestro mundo nada tangible que se le parezca. Es un concepto abstracto cuyo sentido nos fascina al ser inalcanzable y al no poder medirse. Estamos acostumbrados a vivir bajo la tiranía del tiempo, del principio y del fin, de los ciclos… y nuestro cerebro se siente extrañado ante de la idea de que algo no pueda tener un final, un descanso. Por eso cuando hacemos algo de manera repetitiva durante largos periodos de tiempo, el cerebro puede alcanzar estados de conciencia extrañísimos, cercanos al delirio…o estados de concentración máxima donde el cuerpo y lo físico parecen desaparecer y donde solo existe el mundo de los pensamientos. (…)”

 

Loops interminables, tensión, dinámicas, repetición…principio y fin son otros de los conceptos que Henry Sainz explica en la introducción a este Laberinto que he escuchado esta semana. A continuación, con la música, trataba de dar sentido a todas estas palabras. El laberinto, es ese sitio en donde Ecos de pentagrama encuentra un aliado y se agarra de la mano para hacer pequeños trayectos musicales con la semántica como elemento principal.

En este caso, Sainz encuentra el Techno como la melodía para acompañar a este concepto. La base armónica repetitiva de este estilo, el uso de sintetizadores y sonidos cuasi metálicos nos acercan a una estética industrial y futurista con sonidos oscuros y bucles que solo cambian de dinámica para añadir pequeños sonidos que acompañan a una rueda central mientras sigue girando. En mi cabeza, solo puedo imaginar esa rueda de algún material poroso que mientras avanza de manera constante, a ella se va pegando todo lo que pilla, sean pequeñas motas de polvo, hojas secas o agua… y todo lo que se adhiere, va añadiendo nuevos ruidos y pensamientos.

El techno no es mi estilo favorito, sin lugar a dudas. He tardado mucho en comprenderlo y no he podido hacerlo hasta que me di cuenta que solo podía escucharlo en determinados momentos. Mi primer flirteo con el techno fue una noche, hace muchos años. Una noche de esas en la que terminas en un sitio que no reconoces muy bien cuál es, el alcohol ha conquistado por completo tu sangre y tu cerebro no responde a estímulos de la manera que desearías. Esa noche me encontraba realmente mal, me había pasado y solamente tendría unos 16 años. No sabía qué hacer y estaba sola…pero fue este tipo de música la que me acompañaba y la que me ayudó a encontrar la concentración para respirar durante largo rato, incorporarme y poder volver a casa.

{Lamento que no sea demasiado agradable el párrafo anterior, pero tenía que hacerlo elegante sin recurrir a la palabra vomitona.}

Mi siguiente contacto con la concentración y este género fue en el Sónar. Curraba como camarera en ese increíble evento y lo cierto es que la música ayudaba a que la sensación de cansancio no se hiciese con el protagonismo de las noches. Junto a estos momentos está el deporte. El techno establece esa conexión con el cerebro que introduce un chute de adrenalina para mantener una constancia en la respiración y que la mirada hacia un punto fijo, sea más fuerte que la ansiedad por llegar a la meta.

Lo último de lo último, ya ha sido poder comprobar esta semana que, incluso trabajando sentada en la oficina, realizando mis tareas habituales, era capaz de alcanzar un alto grado de concentración gracias a la repetición incesante de esos movimientos corriendo por mis tímpanos.

Resulta curioso, porque probablemente no sería uno de esos géneros que incluiría en mi lista de favoritos. Sin embargo, se ha convertido con el paso del tiempo y muy poco a poco, en un compañero de experiencias que me ha dado la mano inesperadamente. Y no se trata de música terapéutica, ni de una recomendación para nadie. Se trata, como siempre en este blog, de una manifestación de experiencias.

Sea como fuere, el Laberinto de Radio 3 sobre “el infinito” ha sido el aliciente para poder contaros esta pequeña historia.

El laberinto Henry Sainz

Sin embargo, para aquellos que no simpatizáis ni mucho menos con este género y tenéis reservas y prejuicios con la música electrónica, tengo un As guardado en la manga. Al fin y al cabo, estamos hablando de música infinita, de bucles, repeticiones y de las sensaciones que se pueden alcanzar con ellas.

No hace muchos meses mantenía una conversación con una persona sobre un tema que para mi es trascendental. Esta persona me explicaba que la música para él solo correspondía a un estado anímico y que ese era el que le hacía lograr un estadio de convenio consigo mismo. Con la música que disfrutaba era con aquella que hurgaba en sus entrañas para entrar en un yo muy profundo y cuasi “depresivo”. A mi entender, se trataba también de un estado de concentración muy profundo que se da en ese lugar en donde los pensamientos son oscuros, donde las llamas no queman y las trompetas no son bienvenidas. Es un túnel de pensamientos lleno de escombros y hojas secas donde la luz queda un poco más lejos cada vez hasta ser un punto y a parte.

{Esto que trato de describir no es más que mi interpretación de sus palabras y si él mismo tuviera a bien corregirme en lo que yo no haya sido capaz de comprender, sería algo más que fantástico.}

He de reconocer que me sentí un poco sorprendida porque él decía no sentir alegría con la música más alegre ni disfrutar del inmenso placer que los distintos estilos musicales pueden ofrecer al mundo de las emociones. Sin embargo, la manera en la que describía su situación, denotaba que esa era la emoción que a él le gustaba despertar. Supongo que, al fin y al cabo, ese es el objetivo de la música. Sea cual sea el género, actuar como la pluma que hace cosquillas en el alma.

Así las cosas, el concepto de infinito no es solo patrimonio del Techno, sino que puede encontrarse en muchos otros estilos. Lo encontramos haciendo travesuras en algunas variantes herederas del metal que juegan con la distorsión, la prolongación de las notas y la repetición para hacer algunos pasteles realmente jugosos. Es el caso del doom metal, donde la pesadez de las notas graves y la redundancia de los compases crean una atmósfera de ventanas cerradas y caminos en espiral. Todo un reto sinfónico a mi parecer, que si está mezclado con eficiente sabiduría, puede lograr el éxtasis de cualquier persona. Para cerrar los ojos y viajar dentro. La música el transporte. Destino: el infinito.

Gracias por leerme.

 

 

 

 

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