…lo esencial es invisible para los ojos

—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos

El principito

Cuanto más lo leo, más verdad ocupa.

Leyendo, devorando, masticando y asimilando “Musicofilia” de Oliver Sacks, encontramos los relatos sinestésicos de pacientes de este neurólogo soñador. Le llamo neurólogo porque lo era. Le llamo soñador, porque su manera de escribir es la de alguien a quien los científicos llaman ‘soñador’, los ignorantes llaman ‘loco’ y los amigos comprenden.

Relatos sinestésicos empíricos que miden científicamente, comparan, estudian y analizan los estímulos y reacciones de pacientes con sinestesia que sienten la pena o la gloria de escuchar los colores, ver las melodías y degustar los tonos. Estímulos medibles, porque los podemos captar con los 5 sentidos, y reacciones palpables porque contienen definiciones muy dispares por parte de los pacientes con este trastorno y se observan reacciones en distintas regiones del cerebro ‘no habituales’.

No habituales. Trastorno, le llaman. Le damos carácter peyorativo (las personas) a la palabra trastorno, sin embargo es solo una desviación del comportamiento común, puede o no ser una molestia esta desviación. Ser desviado siempre me ha resultado atractivo. Gracias a Duke Ellington, Kandinski y Jimi Hendrix, entre otros, por ser unos desviados.

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Continúo. Oliver mide, observa, compara y analiza. Y es en este análisis donde se convierte en el soñador que observa la realidad desde un punto de vista emocional y lo aplica a su narrativa con sensibilidad. Sino, no habría libro, o sería muy aburrido.

Pero ¿son solo sinestésicos aquellos que padecen un trastorno medible mediante la alteración sensorial; o lo son también aquellos cuyas emociones, estados de ánimo, lágrimas y carcajadas afloran con el estímulo musical o visual?

La interpretación de un texto, un cuadro o una melodía, son sujetos vivos, cambiantes y diferentes en función de las personas. Podríamos decir que convenimos en la connotación de determinadas melodías dada su frecuencia, su tono o su timbre incluso y nuestra cultura y contexto temporal… pero no a todos nos causan las mismas sensaciones porque en esas sensaciones conviven la armonía y el imaginario social junto a las propias experiencias. Es por eso que una canción aparentemente alegre, puede joderme la mañana o una aparentemente triste puede hacerme llorar de alegría.

Entra ahí, en el hipotálamo o donde coño sea y se esparrama como un batido denso… estimula el baúl de los recuerdos y las sensaciones del cerebro para convertirme en un sinestésico emocional, un ser trastornado que llora escuchando ‘La Macarena’ y que será un desviado por seguir confiando en que lo esencial, es invisible a los ojos.

Oliver, dicen que lo que no se puede medir, no se puede gestionar. Yo digo que a veces solo hay que sentir.

Descansa en paz.

 

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