Los ruedines de la música

mi biciUna de las sensaciones que más he disfrutado en la vida ha sido la de andar en bicicleta. Ya sabéis, la primera vez que andas sin ruedines. ¿La recordáis? Es como volar. A partir de ese momento te sientes brutalmente guay y la mezcla de adrenalina por el miedo a caer y la satisfacción por estar haciendo algo tan glorioso como mantener el equilibrio provocan el chispeo en el brillo de los ojos.

Me sacaron los ruedines con 11 años. No voy a discutir con vosotros si ha sido tarde o temprano, pero recuerdo que junto a mi casa había una cuestecita que iba desde la casa de Manuel María hasta la nacional sexta. Sí, Manuel María, el poeta. Solo le vi una vez, pero cuando supe quien era, me imaginaba que aquella cuesta era mucho más interesante porque arriba vivía un poeta que escribía debajo de un carballo y el patio de piedra que conducía al río era como el de la Regenta. No sé si eso me convertía o no a mi en Vetusta. Pero me estoy desviando.

Aquella cuestecita sobre sólo dos ruedas era ¡el momento más increíble jamás vivido en la historia! No podía coger la bicicleta todos los días porque tenía que hacer deberes, pero deseaba que llegara el fin de semana para tirarme una y otra vez por aquella cuestecita y sentirme todas las veces como un pajarillo.

Esa es una de esas sensaciones que tienes de niño, la de poder volar. La de agarrar la cuerda que pica al río y tirarse a modo de Tarzán, sin preocuparse por si hay o no una piedra bajo el agua o algo con lo que lastimarse. Supongo, que no soy la única persona que recuerda ese tipo de sensaciones de la niñez. Se llamaba ilusión. Era eso que se sentía practicamente por cualquier cosa y en cualquier momento. Que íbamos a cenar a casa de los abuelos y allí estaban los primos? (había niños para jugar): ILUSIÓN. Que nos íbamos de vacaciones y podíamos estar en el camping hasta medianoche jugando al aire libre?: ILUSIÓN. Que llegaba nuestro cumple y nuestros padres preparaban una fiesta con niños y globos y música y muchos sandwiches de nocilla en forma de triángulo?: ILUSIÓN. Claro está, la ilusión lleva de la mano la desilusión de cuando nos íbamos a casa, de cuando daba medianoche o de cuando la fiesta terminaba, pero daba igual, porque al día siguiente buscábamos otra ilusión diferente.

Hoy, montar en bici ya no es tan atractivo. Las cosas no brillan tanto ni tienen tantos colores y sucede un poco, lo contrario. La desilusión está todos los días, y la ilusión es algo banal y efímero que aparece de vez en cuando. No sé si esto es lo que pasa cuándo te haces mayor. No sé si sentiría hoy que vuelo, mientras monto en bicicleta. Pero lo que sí tengo claro, es que no se debe dejar que la ilusión muera. Hay que hacer las cosas con ganas, mirando el lado positivo y buscando la razón de ser de los acontecimientos.

En ese aspecto, la música, es lo único que mantiene viva mi ilusión. Me da tremenda tristeza enfrentarme a aquellos instrumentos que tocaba,…pero quizás sea el momento de ilusionarme por tocar otros nuevos. Nunca es tarde para aprender, y no necesariamente la dicha tiene que ser buena.

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4 comentarios en “Los ruedines de la música

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